Memorias vividas en Cuadernos de viaje

Memorias vividas en Cuadernos de Viaje

Presentación

 

Erik y yo nos conocimos en 2009 durante la presentación del proyecto de

 

construcción del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación en Bogotá. Allí

 

estábamos, como siempre, los de siempre. Los hijos de la UP, del M-19, de los

 

sindicalistas, los maestros, las viudas, ex combatientes, ex secuestrados, la

 

prensa, los representantes del gobierno y las organizaciones oficiales. Nos

 

cruzamos en el pasillo y alguien nos presentó. Él es Erik, el hijo de Nydia Erika

 

Bautista y ella es Erika, la hija de José Antequera. Nos dimos un abrazo cálido,

 

identitario, y nos miramos con una gran sonrisa porque por fin nos

 

reconocíamos.

 

 

Erik perdió a su mamá el 30 de agosto de 1987, día que hacía su Primera

 

Comunión. Unos hombres armados se la llevaron y desapareció. No volvió

 

nunca más. Mi padre fue asesinado dos años después, el 3 de marzo de 1989, en

 

el aeropuerto de Bogotá. Erik y yo, al igual que miles de personas en Colombia,

 

compartimos la misma historia de dolor, injusticia, de preguntas sin respuesta,

 

del eterno vacío, de la ausencia siempre presente.

 

 

Compartimos también la libertad del desarraigo y la escritura como

 

herramienta para la catarsis. Los dos vivimos fuera de Colombia y es aquí, lejos,

 

con el alma transformada por el tiempo y la distancia, donde Erik empezó a

 

escribir este relato. Desde el exilio habla de la arbitrariedad y la insolencia de la

 

muerte, del dolor, de la pérdida constante, del esfuerzo por construir identidad

 

como quien se pasa la vida armando un rompecabezas que no termina nunca.

 

Leer sus palabras supone mirarme en el espejo. Porque Erik escribe desde la

 

ruptura de ese hilo invisible que nos une a la vida y que se quebró para

 

siempre. Ambos crecimos buscando respuestas, explicaciones, culpables.

 

¿Quién fue? ¿por qué? ¿cómo poner fin a la espera? ¿cómo resignarse a la

 

impunidad? Una captura, una sentencia, una condena. Nada de eso sirve para

 

reparar lo irrepetible.

 

 

Su relato es una exposición de las múltiples voces que viven en su interior. A

 

veces parece una conversación en voz baja, como esas en las que los recuerdos

 

se atropellan sin orden cronológico, porque ninguno quiere quedarse

 

encerrado en el alma. A veces habla Erik el niño, el que todavía sigue esperando

 

a su madre en la puerta de su casa y le escribe cartas con la ilusión de que algún

 

día pueda leerlas. También habla el activista, el militante, el que se apropió de

 

la lucha de Nydia Erika y supo ajustarla a su tiempo y sus circunstancias. Habla

 

Erik el hombre, el que camina de la mano de La Cigarra para que acompañe sus

 

noches más oscuras. El padre feminista, que quiere enseñarle a la bella Antonia

 

que nunca nadie debe arrebatarle la belleza y la libertad, porque son

 

enteramente suyas.

 

Nydia Erika le enseñó a su hijo los motivos de su lucha. Lo llevaba a las

 

barriadas populares para que viera como se construye futuro, le hablaba del

 

pueblo, de la democracia, de la clase obrera, de derechos humanos y una vez le

 

dijo: “algún día entenderás lo que quiero decirte”. Cuando ella desapareció, Erik

 

comenzó a preguntarse a diario qué podía hacer él por ella, su madre

 

desaparecida, torturada y ejecutada. Estas líneas que recorren su memoria y

 

las tierras frías y lejanas que ahora lo acogen, son la muestra de todo aquello

 

que ahora comprende y que cuando era un niño no podía entender. Este relato

 

es el desahogo del alma, una victoria frente a la muerte que pasó por su vida y

 

pretendió no dejar rastro.

 

 

Erik y yo volvimos a encontrarnos en 2012, cuando se inauguró el Centro de

 

Memoria, Paz y Reconciliación en Bogotá. Entre el primer y el último encuentro,

 

hubo muchos homenajes, talleres y conmemoraciones de víctimas para las

 

víctimas. Fue en esos espacios, donde los sobrevivientes que cuentan lo

 

inenarrable, donde muchos hijos e hijas aprendimos a reconocernos, a

 

identificarnos y donde surgieron nuevas voces, versiones y visiones de nuestra

 

propia historia.

 

 

Ahora Erik y yo superamos la edad que tenían nuestros padres cuando fueron

 

asesinados. Tenemos hijos y queremos contarles esta historia. Agradezco

 

profundamente que haya compartido conmigo su último relato porque como

 

dice él a lo largo de estas páginas: “Esta lucha que comenzó como lucha

 

individual, se convirtió en eso, en muchas vidas juntas”.

 

Gracias Erik

 

Tu hermana

 

ErikA.

 

Erika Antequera Guzmán.